Detalles de un momento Épico

 

Hoy he sido un hombre digno; es hermoso sentirse pleno, quiero decir feliz, en compañía de mi pueblo, en mi árbol; en el árbol que soy, nacieron otras ramas, brotaron otros frutos; yo no puedo olvidar nunca la mañanita de otoño, en que le salió un retoño a la pobre rama trunca.

 

Estaba la gente del batey en las calles de Báguano. Esperaban la llegada de Ramón, uno de los Cinco Héroes; un tipo grandote, sencillo, más bien bonachón. Llegó acompañado de su esposa, la que lo esperó durante quince largas primaveras, sabiendo que él tenía una condena a cadena perpetua y, además, otra cuota de años. Ella es sobriamente hermosa; y él me recuerda a Alfredo Álvarez, uno de los mejores amigos que he tenido.

 

Mientras yo ayer leía, y me aprendía de memoria un extenso poema, los trabajadores de las instituciones del Sistema de la Cultura, del Gobierno, de los Organismos y Organizaciones, del Partido, y también jubilados, cederistas, federadas y profesores, limpiaban y embellecían las Calles, los Edificios, el Museo, la Biblioteca, la Casa de la Cultura. Colocaron una bandera del “26 de Julio”, enorme, de ocho metros de largo por casi cinco de ancho, colgando desde el techo del Museo, dando a la calle de entrada al poblado.

 

Un poco más adelante, de un árbol a otro, sobrevolando la calle, como en la canción de Serrat, colocaron otra bandera cubana gigantesca, esa, la de las cinco franjas, el triángulo rojo y la estrella. Todavía era tarde en la noche, y estaba la gente más noble y hermosa de mi pueblo engalanando la vida. Estos son algunos detalles de una épica, de una esperanza.

 

Mi ex-alumno José Estrada, a quien llamamos Piro, que dirige la Banda de Música, a eso de las nueve de la noche, vino hasta mi casa a pedirme un ventilador, para llevar a diez de sus músicos que habían albergado en una habitación herméticamente cerrada, en lo que había sido la casa de visita del Ministerio del Azúcar, en las afueras del poblado, a casi tres kilómetros, habitación prevista para climatización pero con el equipo roto: un ventilador para diez. Para que puedan paliar los mosquitos y el calor –me dijo. Esos músicos viven en lugares alejados  de Báguanos, por lo que  les pidieron que durmieran en el poblado para que estuvieran listos desde el amanecer. Después estuvimos ensayando con Piro, con Juancito Guillén, con Aliuska, con la profesora de Danza, con Javierito. Cuando regresaba a la casa, la gente más preciosa de mi batey azucarero continuaba dando los toques finales a la limpieza y el embellecimiento.

 

Me levanté a las seis, pues Ramón y sus acompañantes debían arribar a las ocho; pero cuando llegué al Parque Martí de todo Báguanos, ya Joseito Novoa, Juan Guillén y El Niño Hidalgo, tenían completamente instalado el audio, varios bafles, referencias, micrófonos y cables, y también estaba, justo al lado derecho del Apóstol, en un asta de caoba labrada, la Enseña Nacional y una ofrenda floral, con forma de corazón.

 

Estos detalles me conmovieron. Detrás de la estatua del Héroe Nacional han crecido unas palmitas de hojas anchas, de un verde intenso. He visto a niñas y niños colocándole flores al Maestro, algunas veces, de manera espontánea. Martí es una presencia. Decía Lezama: ese misterio que nos acompaña. El parquecito, al pie de la Casa de la Cultura, que es una edificación majestuosa, de madera antigua y piso de cemento y que originariamente fue la Oficina Central de la Administración cuando en 1918 los dueños fundaron el ingenio, es un oasis que resplandece. Yo cuento todo esto, porque tenemos que darnos cuenta. Y cuando nos damos cuenta de la luz, lo más correcto es que esa luz se promueva o se reparta. Porque la luz nos necesita.

 

Me gustaría hacer llegar esta carta a Orestes González, el poeta de Tacajó, el primero de mis hermanos escritores de Báguanos que nos abandonó físicamente; seguramente él nos hubiera acompañado; le hubiese pedido expresamente que dijera un poema para Ramón al pie de la estatua de Martí. Él hubiese accedido. Y recordé también a Luis Martínez, con quien justamente había soñado por la noche, que ya estaba de regreso, soñé con Luisito, quien anda por Venezuela, y que ya debería de haber venido. Él también hubiera estado ahí, con nosotros.

 

Por el camino me encontré a Reginaldo Serrano Guillén, a quien todos aquí conocen por Ruco; él fue combatiente del Ejército Rebelde, es decir, estuvo alzado en los montes, luchando contra la Tiranía y participó en asalto y toma del Cuartel de Báguanos el primero de enero de 1959, cuando la última etapa de la Revolución en la que mi tía Niña, que también es combatiente, trasladaba medicinas y alimentos para los rebeldes.

 

Ruco, en el año 2005 me había conseguido una sábana que necesitábamos para convertirla en bandera del proyecto “El árbol que silba y canta por la Libertad de los Cinco”. Con óxido rojo pintamos la sábana, óxido del que usan para preservar las maquinarias en nuestro central azucarero.  Yannier y yo le dimos varias manos de pintura, y la sábana se convirtió en una lona: nos acompañó por Birán, donde dormimos sobre la hierba de un campo de pelota, por Sojo Tres, por Bijarú, Mayarí, Tacajó, El Manguito, Holguín, La Esperanza, Las Tacámaras, Vista Alegre, Alcalá, La Güira; hasta La Habana la llevamos en una ocasión.

 

Y estuvo, esa bandera roja con un V O L V E R Á N ciclópeo pintado en el centro, en todos los barrios de Báguanos; es decir, Flora, El Piojillo, La Caimana, El Degorrumbe, La Valla, La Curva, El Dos, La Represa, Potrerillo, El Veda´o, La Estrella, Cañamazo, Canta Rana, Los Edificios, La Herradura, La Pelota, La Avenida Nueva… Le dije a Ruco: Hace falta que estés con nosotros, para que le entregues la bandera a Ramón. Y Ruco estuvo, emocionado y puntual, orgulloso como el verso de Borges: “De lo que jamás se arrepiente un hombre en la vida es de haber sido valiente”.

 

Por primera vez, en vivo, ante Ramón, su esposa y más de mil baguanenses, Piro y Juan con guitarra y piano hicieron los acompañamientos musicales a Javierito, a Aniuska en las canciones y poemas; y todo salió bien, preciso, exacto y, en verdad, conmovedor, porque una acción artística de este tipo siempre es una incertidumbre cuando se hace al aire libre, y en las mañanas que, según Javierito, es la peor hora para cantar, dice él que, a esa hora la garganta está fría, yo pienso que Javierito es un caso, pero cantó “Mi árbol y yo”, esa canción de Cortez, que es sensible y tierna, y la cantó con una voz contundente. Fue espléndido; después salieron unas niñas, con una danza de esas de música cubana que te hace circular más aprisa la sangre, dirigidas las pioneras por una Instructora de Arte de la Brigada José Martí, una mulata joven, que seguramente es bisnieta de Cecilia Valdés, y que de solo mover los brazos y los ojos las niñas le respondían como si estuvieran conectadas a su compás y melodía.

 

Por ahí quedaron las fotos, hubo muchos que filmaban y sacaban fotografías con vocación historiográfica. Pero más que las fotos me gustan las cartas, las palomas mensajeras, esta manera de responder con una palabra sincera contra los totalitarismos de la imagen, de las cajas tontas, de la propaganda y publicidad imperiales, de las nuevas tecnologías. Todavía tiene oficio la palabra, gustaba repetir José Martí.

 

Y, por cierto, una muchacha, médica, doctora, de 27 años, de Tacajó, habló en medio del encuentro con Ramón, habló sin nadie pedírselo, ella quiso decir su palabra y la dijo: Mire, mis padres son pobres; ellos nunca soñaron que iban a tener dos hijas, y que las dos serían médicas. Eso fue posible por la Revolución. Es cierto que ahora algunos médicos se van, pero no todos nos vamos a ir. Mi hermana y yo tenemos un compromiso; y otros también lo tienen con este país, con este pueblo, con esta Revolución. No recuerdo su nombre, pero sí el oficio y la verdad de su palabra, de su compromiso y grandeza.

 

Del fondo de la tarde

es el corazón de este poema;

pero no debemos estar tristes,

la luz nos necesita.

 

Lo grande de esto, es que la gente hermosa y humilde de mi pueblo, y también los dirigentes,  y los trabajadores que estuvieron varios días y noches organizándolo todo, se sienten orgullosos, felices, y dan las gracias, y reconocen como una realización o triunfo propios lo que nosotros hacemos. Este es el orgullo, la dignidad de los pueblos, su honor, su más profundo y valioso sentido ético y cultural, su mejor recodo de humanismo, y es esto, justamente, lo que los cubanos y cubanas dignos, los que nos sintamos mínimamente responsables, hemos de defender y cuidar.

 

Es una crucial pero hermosa hora de la Patria Cubana. Lo más oportuno es que pongamos la palabra, el corazón y las manos; con una sonrisa y, además, con un gesto solidario, de la mañana a la noche, de la noche al alba.

 

Por: Rolando Bellido Aguilera

Coordinador del Proyecto El árbol que silba y canta. Holguín.

 

 


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