EL Carnaval Cubano

 

Los elementos comunes de un carnaval, son los desfiles de carrozas, las competencias coreográficas entre comparsas; la música popular tradicional, los bailes multitudinarios; es la apoteosis de la alegría, del perenne choteo, la jarana, el desenfado y el buen humor. No faltan las comidas y bebidas criollas.

 

Estas festividades reflejan costumbres y saberes asimilados desde el seno familiar y en los contextos socio-históricos; se celebran en todo el territorio nacional, expresando las necesidades de personas y comunidades, de trasmitir esos legados que representa lo más genuino de la identidad cultural.

 

Según algunos historiadores, los orígenes de las fiestas de Carnaval se remontan a las antiguas Sumeria y Egipto, hace más de 5,000 años, con celebraciones similares a las de la época del Imperio Romano, desde donde se difundió la costumbre por Europa y luego, a partir del Siglo XV, por América con la entrada de los navegantes españoles y portugueses que nos colonizaron.

 

En Cuba, los carnavales tuvieron sus inicios mucho antes de Mil 585 durante las celebraciones del Corpus Christi y la Epifanía. Por esos días los negros esclavos organizaban danzas y marchas colectivas, en los momentos que tenían para disfrutar de algunos días de descanso dados por los amos españoles.

 

Este fenómeno social en la época colonial, se caracterizó por un marcado acento religioso. Las procesiones se originan cuando el conglomerado de personas se reunía para festejar a las santidades. Algo parecido fueron las comparsas callejeras, los Cabildos de Nación, integrados por los negros africanos que mostraban al público su cultura, además de la Tumba Francesa que llegó con los franceses y sus esclavos haitianos. 

 

Los aportes africanos, franco-haitianos, asiáticos e hispánicos, se expresan en estas fiestas, haciéndose notar sensiblemente en la danza, la música y el vestuario; la incorporación de los mamarrachos y los enmascarados al final de la procesión, se convertía en una fiesta popular. Luego se incorporaron los cabildos y grupos de parranderos que, acompañados de tamboriles, sonajas, bándolas y chachás, entonaban sus cuartetas y estribillos pegajosos para ambientar la llamada fiesta de los mamarrachos.

 

Con la llegada del Siglo XX se introducen cambios esenciales en las diversiones, que revelaron una marcada intención de la burguesía de desnaturalizarla.

 

Un elemento nuevo es la elección de la Reina del Carnaval con sus damas de honor. Alrededor de esta nueva modalidad se incrementa la propaganda comercial y política en comparsas, paseos, carrozas, kioscos y en los adornos de las calles, lo que va restando autenticidad a estas celebraciones.

 

El Carnaval en la Revolución es expresión de la revitalización de tradiciones, sin los elementos que lo desvirtuaban; de ahí que los diseños de vestuarios, capas, maquetas, pendones, carrozas, muñecones y máscaras que se exhibían, respondieran a las aspiraciones y gustos de la población.

 

A propósito de las denominaciones, un Paseo es una comparsa que anuncia su entrada con faroleros y penduleros. De acuerdo al barrio pueden extenderse de una a tres cuadras en su demostración de destreza, llegando a darle vida propia a las farolas y péndulos. Le siguen los bailarines con sus diferentes cuadros en el tradicional baile de pasillo de comparsa. Casi siempre cierra el paseo las vistosas carrozas. 

 

Los carnavales más reconocidos son los de Santiago de Cuba; La Habana y Manzanillo, este último perteneciente a la provincia Granma.

 

El Carnaval de Santiago de Cuba se identifica portres comparsas: La Carabalí Izuama, la Carabalí Olugo, y la Tumba Francesa. Estas son comparsas centenarias, integradas por personas que hasta la actualidad, desfilan con el ritmo y toques originales y trajes típicos de su época. Es la Conga de Los Hoyos o Hijos de Cocuyé,  la Conga Madre; esta se fundó entre 1902 y 1904. Una de las distinciones de las congas, es el desfile de los caperos; una exhibición de esplendorosas capas diseñadas y bordadas a mano que son verdaderas obras de arte.

 

El General de las guerras de Independencia Guillermón Moncada, es el primero en sacar una música similar a la de los esclavos de los cabildos, cuando estrenó la conga “Brujos de Limón”, de procedencia Bantú. Esta conga mantiene los tres ritmos diferentes en tradición; es decir el toque de conga, el Manon, y la Columbia. Por los años 1915, se incorporó a esta conga la Corneta China; después se vuelve toque típico de todas las congas santiagueras.

 

 Por tradición, las familias siguen a los distintos paseos, bien La Placita, Industria Ligera, Los Pinos, Sueño, Tivolí, Heredia y La Kimona, y desde luego, las congas de Loa Hoyos, San Agustín, Paso Franco, San Pedrito y Alto Pino. Otras centenarias como el Cabildo Carabalí Olugo, Cabildo Carabalí Izuama y La Tahona también tienen su espacio.

 

El Carnaval de La Habana tiene sus raíces en los Siglos XIX -XX pasados,  cuando los negros esclavos organizaban danzas y marchas colectivas. Mucho antes de 1585 se efectuaron las carnestolendas; y la otra festividad que también llegaba insertada en el calendario católico por la fuerza de la tradición y la espontaneidad popular.

 

Las actas capitulares de La Habana y los viejos documentos de otras ciudades fundacionales del país, muestran las quejas del clero por lo que era para ello un “sacrilegio”, el bailoteo lascivo de negros, mulatos y blancos a los compases de tamboriles, flautas y cuanto instrumento se le sacara música en esta tierra signada para la música y el baile.

 

Las comparsas de más larga data son: Los Componedores de Batea. 1908; El Alacrán.1908; Los Marqueses de Atares. 1937; Las Bolleras. 1937 y La Jardinera 1938. Después del Triunfo de la Revolución surgieron Los Guaracheros de Regla. 1959; las comparsas de la FEU. 1961 y La Giraldilla de La Habana. 1992.

 

El Carnaval de Manzanillo es una tradición en sí misma;  una suma de costumbres y expresiones espontáneas, de jolgorio, de alegría y expansión; manzanilleros y visitantes arrollan al ritmo de las comparsas, cantan los anónimos estribillos del momento; bailan con la música molida de los órganos o los géneros de moda, disfrutan con la belleza de sus mujeres, las carrozas, los efectos pirotécnicos; beben  la cerveza acompañada de lechón asado y la liseta.

 

Los orígenes de la festividad que ha sido consagrada por la tradición, se remite a la década anterior. Por el año 1856, el principal coliseo manzanillero, en su inauguración, confirmó la popularidad de que gozaban estos festejos.

 

 La evolución de los carnavales de Manzanillo y su relación con la festividad de San Joaquín, es la verdadera muestra de los procesos de transculturación acaecidos en Cuba.

 

 En nuestro archipiélago también se celebran los “Carnavales Acuáticos”, siendo los más tradicionales, los de las zonas costeras de Caimanera en Guantánamo; Santiago de Cuba; Manzanillo, Granma; Caibarien en Villa Clara y Punta Alegre en Ciego de Ávila. Estas fiestas son el preámbulo de los respectivos carnavales tradicionales; sirven además de bautizo; se desenvuelven en el agua, entre juegos y competencias, y desfilan también vistosas embarcaciones-carrozas.

 

En la actualidad se conservan las fechas originales de Santiago de Cuba, en Julio; y los e Guantanamo; en Agosto, entre los días 10 de Julio y 17 Agosto coiciden los Carnavales de La Habana, Villa Clara, Santi Spiritrus, Ciego de Ávila, Las Tunas y Holguin y a partir del 10 de Agosto se celebran los Carnavles de Pinar del Rio, Matanzas y Granma.

 

El Carnaval es una de las fiestas de pueblo más importante de la nación; se han mantenido por más de un siglo, revitalizándose con todo lo tradicional y novedoso que los distinguen.

 

Si hiciéramos una descripción gráfica, en imágenes y sonoridades de un carnaval cubano, reflejaría la música inundando todos los rincones; las tumbadoras, las trompetas, los cencerros, las cajas de madera, los sartenes, las latas, la corneta china!; y entre emblemas, pendones y farolas, la conga va recorriendo los barrios; sumándose cada vez más personas al baile; entonces esa conga se alarga sin límite.

  

Quien intenta disfrutar la conga de lejos, termina contagiado por el ritmo y entra al jolgorio; digamos entonces que no hay espectadores, sino arrolladores.

 

 

Por Francis Lovell Crawford.

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