Con el arte al hombro

 

Durante los días finales de julio se desarrolló por vez primera en Guisa, un Encuentro de  Proyectos Comunitarios pertenecientes a las provincias Guantánamo y Granma, con la intención de socializar las experiencias de los grupos gestores en pos de enriquecer la metodología de trabajo con las comunidades, pero sobre todo llevar el arte y la recreación a zonas de difícil acceso y a personas, que por razones de salud o estilos de vida no pueden asistir a los centros culturales más cercanos a las ciudades capitales de municipios o provincias.

 

El camino en el inicio se resiste, la geografía del lugar pone a prueba nuestras fuerzas y empeño, pero ante nuestra noble tozudez el paisaje se va mostrando paradisíaco y una suerte de tranquilidad y paz interior se combina con el dulce deleite que produce los mangos toledos que abundan en el lugar.

 

La falta de costumbre en ser escudriñado por una cámara me hace mirar al lente de Yardenis, uno de los niños del Proyecto Picacho, los cuales se caracterizan por su seriedad en el trabajo, la hospitalidad, y amabilidad propia de los niños campesinos. Tanto es así que un rato más tarde me da la primera lección.

 

- Mi amigo, voy a hacer una toma, no mire la cámara.

-¿Estoy mirando a la cámara? …Le pregunto dándole la oportunidad para que me regañe por mi falta anterior, pero él es muy ético y solo me dice.

- No, no, es solo por prevenir.

Hace su toma y luego me agradece.

 

-Buenos días y bienvenidos a esta su comunidad: ¡El Queso!- Dice una señora que por su histrionismo natural sería la envidia de muchas que en las academias capitalinas sudan tabloncillos buscando lo que a ella natura sencillamente le dio.

 

Sin tiempo para descansar, nos dirigimos a la casa de Carlos y Esther, los cuales no podrán asistir a la actividad que se hará para los demás lugareños, porque ya los años le quitaron la visión a Carlos y Ester como su fiel escudera nunca lo dejaría atrás. La sonrisa en sus rostros hace una prevista a su timidez y nos cuentan cuando llegaron a este su lugar, porque lo hicieron, y emana de ellos el sano orgullo que al final de la vida entraña la honestidad y la constancia del bregar.

 

Los muchachos del Proyecto El Amor toca a tu puerta, se presentan y no se tarda una canción que hace bailar a la longeva pareja, a la que se suman otros de menos años e igual alegría por nuestra presencia.

 

-Yo quisiera que vivieran por aquí, para que regresaran con frecuencia y un día amanecer cantando y bailando. Dice Pedro.

El equipo de realización del Proyecto Picacho, integrado por tan fértiles realizadores, no se contiene y pregunta.

-¿Qué les ha parecido la visita?

La respuesta primero es onomatopéyica y gestual indicando grandeza y también es complementada por una frase,  

-¡Ni hablar, maravilloso!

 

Regresamos con la mayoría de la comunidad y nos han preparado un manjar a fuerza de frutas. No me puedo contener y degusto una mandarina que es una delicia. Iglesias, instructor del proyecto El amor toca tu puerta, hace la introducción al espectáculo y roba las primeras risas. Acto seguido disfrutamos de los bailes campesinos guantanameros, y por supuesto, de su pegajosa música. Hay rostros que se iluminan, otros se mantiene tranquilos pero al unísono felices. La mañana transcurre como en un minuto, así es cuando la felicidad reina, parece que el reloj se adelanta.

 

Tras una despedida que sostiene el compromiso de regresar nos trasladamos hasta la casa de Erodes, otro de los habitantes de esta serranía al que él tiempo y el esfuerzo del trabajo le está pagando con la ya conocida ingratitud. Sin sospechar que su rutina saldrá corriendo al centro del monte, lo colocan en la puerta principal de la pequeña casa que espera por su reparación, y sucede lo inesperado, el público hace una petición, que por antigua se queda fuera del amplio repertorio de los artistas, pero esto no es problema, se sugiere la sustitución del tema, él acepta y luego aplaude con las manos a la altura de la frente probando que le gustó: el Cafetal, y los changüí interpretados.

 

Una anciana visiblemente maltratada por los largos años, que ha disfrutado de los tres momentos en total anonimato, recolecta más mangos y se los entrega a Lisbet, instructora  al frente de la creación en la dirección provincial de la Brigada José Martí en Granma. Más tarde le reclamo por la carga que implican las frutas y cae sobre mi otra enseñanza. -No podía hacerle el desaire a la señora, fue su regalo, como iba a despreciarlos- me dijo.

 

Ya el sol abrasa y las gargantas dan fe de la sed, pero se ha estado hablando de una sorpresa que sale a la luz como lo más oportuno, dulce y cubano, guarapo de caña en la serranía; nadie lo imaginó. Llegamos a la casa de los campesinos que han tenido a bien brindarnos el dulce néctar, ahí estaba  la caña y el trapiche pero aún no se ha hecho la molienda. Rápido la experiencia de alguno se combina con la fuerza, la curiosidad, y el entusiasmo de otros, y aparece un cubo del líquido que da brillo de oro a la dulce mañana.    

 

Con este energizante enfrentamos el camino de regreso, el cual ahora nos parece más corto, quizás por ya conocerlo. Al llegar a Victorino subimos por la ladera de la montaña hasta el cuartel general de Picacho, allí almorzamos al tiempo que conocemos otra persona que se deshace en atenciones y desde su sencillez demuestra lo imprescindible que es para su proyecto, y ahora para nosotros, es la responsable del necesario alimento, me refiero a Meilin, una de las madres más emprendedoras del proyecto Picacho, la cual también se dedica a recolectar un pequeño amuleto para cada uno de nosotros, una piedra del río, símbolo de vida y amor.

 

El cierre del día es pos-pandrial, pero esto no le quita intensidad, y allí en la mejor sombra que encontramos y acompañados por la Directora de Cultura del municipio Guisa, se hace la relatoría verbal  de las vivencias. El compromiso de regresar ya es un hecho.    

 

Por: Osvaldo Pérez Pérez. Brigada “José Martí”

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José Martí