Figuras de la Religiosidad Popular

Los imaginarios colectivos de muchos pueblos del mundo, han ubicado en el Camino sugestivas y alegóricas figuras, que hoy se saben compartidas por las memorias del folclor de las más diversas culturas; estas, con posturas, expresiones, idiomas, reglas de conducta y vestimentas discrepadas por disímiles corrientes de pensamiento, creencias, pero en medio de tal diversidad, por mucho que estén nominadas, definidas, individualizadas, determinadas y específicas para cada caminante en su devoción, o en su propia filosofía, estarán siempre hermanadas en sus más profundas concepciones.

 

Durante muchas épocas, para quienes “buscan”, el Camino es guía que no descubre ni inquiere, sino transforma lo descubierto y lo inquirido; para aquellos que han de retornar a su estado natural perdido, El Camino se convierte en forma del saber de la experiencia; y para los que han sabido permanecer avanzando sin salirse de sus límites, ha sido comprendido como itinerario; unas veces están allí para asistir al caminante; ayudarle a regresar cuando se extravía; reanimarlo si flaquea y levantarle si cae; otras para guardar el camino de malezas y obstrucciones, de manera que sea transitable y puedan verse sus señales.

 

En la Mayor de las Antillas, y en medio de la extraordinaria diversidad proporcionada por las múltiples líneas de pensamiento devocional que configuran, lo que hoy se ha dado en llamar Religiosidad Popular, también se hallan estas figuras, para algunos dueñas, para otros guardieras o guardianes de los caminos. Unas fueron reverenciadas hace ya mucho, así al pasar de los tiempos y las generaciones, se van borrando del recuerdo. Otras permanecen aún en la memoria colectiva de algunos de los más variados grupos humanos que hoy configuran la población cubana.

 

Cuando aún no había carreteras, ni vías seguras para trasladarse desde la Villa de Trinidad hasta San Cristóbal de La Habana, debía seguirse un antiguo camino que bordeaba el Castillo de Jagua y un sitial conocido como La Milpa, entroncándose rumbo al oeste, por una tupida vereda que serpenteaba un arroyo, entre los entonces villorrios Pasacaballos y Las Auras. Allí cierto día se cuenta, sorprendió a los caminantes, la misteriosa aparición de un Cristo crucificado, que pendía de una gruesa y tosca cruz, hecha con un tronco de almácigo. Nunca se llegó a conocer quién la construyó, ni la colocó en aquel sitio; pero comenzó a llamar la atención a tal punto, que ya la gente acudía al lugar para admirar la divina figura.

 

Se decía al principio, que brindaba protección a los caminantes, pero luego comenzó a hacerse famosa por las acciones milagrosas, que no tardaron en ampliarse a la restitución de la salud a los enfermos y socorro a los humildes. La grandiosidad de estos milagros llegó a extenderse por toda aquella región, así el Cristo de La Vereda fue convertido en lugar de peregrinaje y adoración, en medio de aquellas soledades y tupidos montes.

 

En el año 1945, todo aquello fue demolido para dar espacio a un camino más, el que habría de enlazar la carretera Central con la Vía Blanca. Las obras incluyeron este parque en medio de estos cuatro caminos y en su pérgola se erigió la actual versión de “La Virgen del Camino”; esta Virgen siempre apareció envuelta en un halo de misterios.

 

La obra de la célebre escultora cubana Rita Longa, está concebida en bronce, con dos metros de alto, la noble mirada dirigida hacia la encrucijada, en actitud de marcha, batidos sus velos por la brisa, sosteniendo entre las manos la Rosa de los Vientos para señalar el rumbo en todos los senderos de la vida. Se le conoce como la patrona de los viajeros, y así la bautizó el Cardenal de La Habana, Manuel Arteaga, en 1948, cuando fue colocada allí; pues esta área es una de las más populosas de la capital cubana. Fue la propia artista quien solicitó la intervención del Tribunal de Ritos, en la ciudad de Roma, para que declarara legítima la devoción surgida por esa imagen en el pueblo cubano, alabada y bautizada por la Iglesia como Madre Protectora del Viajero Peregrino.

 

En la Santería cubana, Elegguá es guardián de los caminos, las encrucijadas y las esquinas. Es quien abre o cierra El Camino por donde se llega a “la Verdad”. Suele además representar el futuro, el destino y el movimiento perpetuo. “Este numen de origen africano, junto con Oggún y Ochosi, forman la trilogía de los santos guerreros. Una de sus funciones principales es la de guardiero, a aunque alguna vez fue adivino, según las leyendas entregó el tablero de Ifá a Orula, que es hoy su dueño. Es deidad traviesa, a veces glotona, duendecillo juguetón; quizás a veces maquiavélico e intrigante, pero de noble castidad”. Se le considera uno de los Orishas más respetados por creyentes, sacerdotes, practicantes y seguidores de la Regla de Ocha.

 

Oggún, guarda los caminos férreos, es rey del monte, de la selva y la guerra, pero además, la forja del hierro. Está hermanado con Changó y Elegguá; algunos estudiosos sostienen que mediante esta divinidad, representaron los antiguos yorubas, el período de transición de la cultura de cazadores nómadas, a la de sedentarios agricultores. Aparece siempre en las historias mitológicas, disputándole a Changó, la zalamera Ochún.

 

Se puede reconocer  a Orere y Achibiriki por sus avatares, así como para otros está sincretizado con los santos cristianos, san Pedro y san Pablo, Santiago apóstol, san Juan Bautista y el arcángel San Miguel. Es el herrero, al tiempo que Orisha de los minerales, las montañas y las herramientas, por ello: dueño de los hierros. Es de carácter serio, desconfiado y belicoso”.

 

En el Vodú, según su practica en Cuba, Legbá es Luá, Santo de los caminos, las encrucijadas y entradas. En África esta entidad suele ser deidad fálica y joven, en cambio en Haití es una persona senil de barba blanca. “Se le invoca para que abra las puertas. Recibe las primeras plegarias en las ceremonias. Muchos lo caracterizan como san Lázaro o el Babalú-aye de la santería cubana. Cojea como éste y lleva una especie de muletica en la que se apoya. Su ropa es raída y usada. Puede tomar picante y frotarse con él los ojos. De las ofrendas animales, que deben ser pollo invariablemente, chivos en algunos lugares y siete tipos de viandas, solo recibe las tripas, plumas y cabezas.

 

Para los practicantes y seguidores del Vodú en Cuba, están relacionados con el camino: Ibó-Buá, que habita en el monte; Ibó-Cai, que habita en la casa; Ibó-La-Famí, quien realiza su ceremonia cada veinticinco años, en la cual recibe en sacrificio un verraco grande y viejo, que se le entrega al pie de un hueco y cuyas partes ofrendables se entierran en él; Luá-Calfú, especialmente señor de las encrucijadas, cuyas ofrendas se preparan en cualquier lugar,  pero su altar debe estar en un rincón, pegado a la pared; Y Luá-Chemín, que es guardiero de los caminos reales, del cual se afirma es Luá muy caritativo, a quien se ofrendan diversos tipos de carnes y viandas, menos calabaza.

 

En la Regla Palo de Monte, es Lucero Mundo, también para algunos, Khuyu. Es deidad que abre y cierra los caminos, como Elegguá en la santería. Para los mayomberos, es el guardián de la luna y está en la puerta de los cementerios.

 

Para los Arará de Matanzas, Tocoyo Yonó, también Eshú Afrá y Oribodé Fodú santo, reúne las mismas características que las de Elegguá. Es reconocido en imagen con su rostro de piedra y ojos de caracoles; “Lucero para los cultos de origen congo; el Gueguá de los mandingas; el Elégbara en lucumí antiguo y Attibón Legba de los ritos voduistas de origen dahomeyano, es una de las más respetadas deidades del mundo religioso africano, el dueño de los caminos y las puertas, el mensajero de los dioses y quien posee las llaves del destino. Abre y cierra cualquier celebración. Vive fuera de la casa en una pieza antigua en forma de bocina, que se utilizaba en los viejos ingenios para cristalizar azúcar. En la Sociedad Africana de Matanzas, los ararás también le denominan Eshú Afrá, otros religiosos lo mencionan como Afraní y lo sincretizan con el Santo Niño de Atocha”.

 

En la flora devocional cubana, La Siguaraya (Trichilia havanensis), también conocida como atori, “Rompe camino”, “Tapa camino”, “Abre camino”. Para muchas de las líneas de pensamiento mágico-religiosas, es vegetal muy relacionado con el simbolismo del Camino. “Árbol silvestre, fuerte coposo que alcanza entre 8 a 10 m de altura, familia de las meliáceas, muy común en Cuba, bien conocido por la población debido a sus atributos religiosos en la santería cubana o en la Regla de Palo Monte, donde figura como palo importante de la nganga.

 

En la medicina popular es apreciada para las afecciones artríticas, del aparato genitourinario; de acción purgativa y beneficiosa para las enfermedades venéreas. Se conoce también como: “Rompe camino”, porque rompe el fúmbi (muerto) al enemigo; “Tapa Camino”, porque evita que el enemigo se meta en la senda de su nfumo y lo obstruccione; “Abre camino”, porque desbarata todo lo malo y facilita la vida del hombre abriéndole el paso. Según la leyenda popular, este árbol no puede ser cortado sin permiso de los dioses”. Y quien se atreva a tal sacrilegio, estará expuesto a recibir los más horrendos castigos.

 

Hay quienes se asombran siempre, cuando descubren cuánto hay de común en las diversas religiones del mundo. No en las observancias ni en los detalles, sino en los más secretos e íntimos fundamentos.

 

Si miramos desde afuera hacia el Camino, ya sea interpretado como “guía para la transformación”; como el “itinerario” del peregrino; o como “forma del saber de la experiencia”, podemos apreciar un paralelo entre la representación simbólica mitológica y la cosmovisión de la cultura que en su momento la produjo. Así como también puede vislumbrarse el vínculo, entre estas figuras del Camino que hoy nos convocan. En todas ellas, independientemente de la creencia en la cual se manifiesten, está presente el mismo mensaje, que se transmite de idéntica manera: de intuición a intuición, a través de la alegoría de cada figura.

 

El individuo ha tenido siempre la necesidad de una guía que le permita centrarse, para desenvolverse en relación a sí mismo, a su sociedad, su cultura, al universo, pero sobre todo, frente a ese último misterio que se intuye dentro y más allá de todas las cosas. He aquí entonces como en su eterna búsqueda, ha encontrado una exclusiva manera, elevada, gloriosa y sublime de hacerlo, a través de estas figuras del Camino.

                                                                                                              

 Notas: Catauro de seres míticos y legendarios en Cuba.

Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana “Juan Marinello”. 


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