Nostalgia, Distancia y Tiempo

Alfredo Bryce decía que la nostalgia, a diferencia de los recuerdos, puede atraparnos repentinamente, al margen de nuestra voluntad, sumergida como ella está en las profundidades de nuestro inconsciente, desde donde “nos invade, nos lleva, nos moja por dentro” hasta el punto de convertir el pasado en presente y determinar incluso nuestro futuro.

 

En los diccionarios griegos la palabra nostalgia la encontramos por separado: el termino algia procede de la palabra griega algos, dolor, tristeza y nóstos es la acción de llegar a un país, es también el camino, la salida y también la imagen de una divinidad que se coloca detrás de la ruedas del molino para protegerlas.

 

Al mismo plano de significación corresponde al adjetivo nóstimos, que por una parte designa a la persona que puede volver, o al lugar del que se puede volver o todo aquello que afecta al retorno, el día del retorno y por otra, significa, fértil, útil. Al campo semántico de volver pertenece el verbo nósteo: volver a la patria.

 

Se dice que el nostálgico echa en falta la visión de su tierra, de los suyos, la ausencia de los olores, de los sabores, todos ellos configuran el ánemos, el aire que se respira, el ánimo. “El sol, la lluvia, los vientos, las estaciones, le arrancan a la tierra tal diversidad de olores y sabores irrepetibles...Y duele vivir fuera del espíritu que nos anima”

 

Los diccionarios griegos la definen como dolencia ocasionada por la pena de verse alejado de su patria, de la familia y de los amigos. Deseo vehemente de una cosa que ya no existe, o que no está al alcance de uno. “Nostalgia: una dolencia que los viajeros han mirado con respeto.”

 

Volver la vista atrás, desempolvar la nostalgia y la añoranza parece ser un punto en común entre los inmigrantes y los exiliados. En los poetas la sensibilidad y el desarraigo forman una mezcla confusa que suele dejar huellas en su vivir y en su manera de hacer poesía. La décima, no escapa de la nostalgia...lo que ya no está, se vuelve lo deseado, las despedidas vuelven a ser lugares de encuentro, los improvisadores le cantan a la patria a través de la nostalgia.

 

La canturía suele convertirse en el sitio ideal y la poesía oral improvisada el medio perfecto para recordar la Cuba que conservan en sus recuerdos.

 

 De Guanímar, de Cajío,

de Marianao y La Habana

me despedí una mañana

sintiendo en el pecho frío.

De allí me marché vacío

dejando a la gente mía

y aunque esto no es cobardía

        y que me perdone Dios

siento el fuego del adiós

en la mano todavía.

 

El dolor responde:

 

Los que ahora tú ves aquí

alegres, a lo mejor

tiene el mismo dolor     

que ahora está lloviendo en ti.

Pero la vida es así,

cuando uno deja de ser

un río para correr

        alegrando las montañas

las nubes de las pestañas

no se cansan de llover.

 

“En los poetas radicados fuera del país, la evocación puede manifestarse de distintas maneras y bajo distintos ropajes, aunque en cada uno de los casos es posible casi siempre apreciar un elemento común: la tierra natal como un hermoso sueño perdido en el pasado. De esa forma, en muchas ocasiones se establece un paralelismo entre ese pasado y la realidad que tiene ahora ante sus ojos (...)”

 

El poeta Ángel Cuadra apunta: el tema de lo cubano en la poesía del exilio en general (...) se nos da en la evocación del objeto Isla, idealizado en su objetividad misma, y en el testimonio de la impresión del desarraigo como una pesadilla, a veces manifiesto en forma directa, a veces en forma refleja, por la comunicación metafórica o alegórica en la presentación de mundos similares y diferentes. El tiempo parece detenerse, la poesía va descubriendo su vehículo: el poema, el verso; el ritmo de la décima cantada le ofrece al poeta la posibilidad de congelar el presente:

 

Sé que hay lágrimas sencillas

aburridas de correr,

por ese surco que ayer

nos dejaron sin semillas.

 

No importa, si tus mejillas

se te llenan de humedad

descomprime tu ansiedad     

que para tu cicatriz

la nostalgia es un país     

donde no indagan la edad.

 

Su esencia es el conflicto entre dos mundos, cada imagen, -o cada décima hecha de imágenes- , contiene muchos significados contrarios o dispares. La tristeza interior viene a través de las palabras lágrimas, semillas, ansiedad, cicatriz, país, edad..., de ellas también viene la fuerza, la dureza.

 

No aumentes el lagrimón

que una lágrima es la tapa

por donde a veces se escapa

el llanto del corazón.

Dile a esa misma intención     

que tu dolor te consuela

que al encenderle una vela

de adiós a tu domicilio

los pañuelos del exilio

son de acero, no de tela.

 

El canto a la patria se vuelve un deseo casi enfermizo por mantener intacto el recuerdo, incluso sus detalles más insignificantes. Severo Sarduy (1937-1993), escribió en París:

 

Recuerdo el salón sombrío

y la estricta compotera,

la reja, la enredadera

y las montañas de frío;

más que el silencio el hastío

del aciago Camaguey,

siempre añorando su grey

como un río su afluente.

         y recuerdo aún más la fuente

donde tronaba el mamey.

 

“Muy frágil sería la identidad nacional si la mera distancia física bastara para romperla...”. En París, Julio Cortázar escribe una literatura muy argentina, Pedro Figari pintó hace años los cuadros más uruguayos de todos los tiempos y Cesar Vallejo, que pasó allí la cuarta parte de su vida, no dejó de ser nunca un poeta peruano.”

 

 La decisión de emigrar, para cualquier persona se vuelve un fenómeno contradictorio, aparecen los miedos, la incertidumbre, el vacío, las esperanzas en lo desconocido, la sensación de ganar y de perder. Aparece también de cierta forma la ruptura; siempre se deja atrás personas y cosas queridas, el mar, suele ser un símbolo que de momentos acerca y de momentos aleja.

 

Yo dejé a los padres míos     

y en la ausencia los perdí,

por eso he llenado aquí

cauces por donde no hay ríos.

Mis ojos se hayan vacíos

tal vez de tanto llorar,

para qué voy a soñar     

en el día del regreso

si voy a darles un beso

y no me pueden besar.

 

Me han contando que el palmar

          llora por todas las pencas

y que debajo las cuencas     

se han querido reventar.

Pero no sé si al llegar     

con toda mi sencillez,

ya vestido de vejez     

         y el pecho triste y sombrío

no me reconozca el río     

que retrató mi niñez.

 

Con el paso de los años, las cosas y personas que se dejan atrás van desapareciendo. La vuelta para algunos deja de ser importante. El mundo al que pueden volver se ha vuelto otro, las ausencias arropan la nostalgia. De nuevo al retornar al barrio que dejé / la guardia vieja es hoy / los muchachos de ayer. Para otros, los hijos (el cocotero), la familia, sus muertos, siguen siendo una manera de volver, en tiempo real o en el recuerdo.

 

Yo dejé allá un cocotero

con mi apellido en la masa

         dejé mi ausencia en mi casa     

del tamaño del alero.

Dejé el trillo del potrero

dejé la malva desierta,

yo dejé una madre muerta     

que despedirme no pudo

y dejé a mi padre viudo     

esperándome en la puerta.

 

La posibilidad o no del regreso genera una isla imaginaria, que según estudiosos del tema solo existe en los recuerdos o en las fantasías del exiliado. La conservación de la memoria se convierte en parte integrante de la lucha de los inmigrantes por sobrevivir culturalmente”

 

Yo también llevo el cocodrilo a cuestas.

Y digo que sus aletazos verdes me baten

          Incesantemente

Y digo que me otorgan la palabra

Y el sentido

Y digo que sin ellos no sería lo que soy

Y lo que no soy. Una brisa de ansiedad

          Y recuerdo

Soplando hacia la otra orilla.

 

Ambrosio Fornet afirma que del lado de allá, un tema como el de la nostalgia (...), remite más a la utopía que a la topografía, porque el “topos” anhelado no es un espacio real, sino, como el “Oriente” descrito por Edward Said, “un lugar de promesa y poder” donde se espera que todo –empezando por uno mismo- vuelva a estar en su sitio. Del lado de acá, la proyección utópica funciona con un signo ideológico inverso: nuestra comunidad imaginada no se sitúa en el pasado, sino en el futuro. La vuelta para el poeta es recobrar la certeza, la esperanza...

 

Si vuelvo al sitio vecino     

de todas mis añoranzas

hallaré mis esperanzas

del tamaño del camino.

 

Pero es también, el enfrentamiento a la duda. La distancia y el tiempo han hecho de él un ser extraño, sin asideros, sin suelos. De tanto vivir entre dos mundos suele preguntarse ¿a dónde pertenezco?

 

Estarán la palma, el pino     

el mango y el canistel

si yo vuelvo al sitio aquel     

con que mi distancia rompo

puede ser que encuentre el trompo     

pero ya no está el cordel.

 

Pese al miedo, el poeta necesita el regreso...

 

Si vuelvo, la cordillera     

tal vez se cambie de ropa

y se le llene la copa

verde olivo a la palmera.

 

Desde esa misma bandera

que bien dibujada encuentro

en estas tardes que entro     

al planeta de mi rima

no hay que dibujarme encima     

lo que yo llevo por dentro.

 

Por dentro lleva palabras como soledad, aislamiento, incomprensión, pertenencia, futuro, sueños, inocencia, arraigo, mar, vida y muerte.

 

 Finalmente el poeta regresa, trae consigo su cuota personal de tristezas, de desgarramientos, de ansiedades, vienen con él los recuerdos y en especial la partida. La canturía vuelve a convertirse en el sitio ideal para cantarle a los fantasmas del tiempo, que acosan, que acusan.

 

Yo no sé si me presencia

que soñó tantos regresos

podrá cantar en los huesos     

de la espalda de la ausencia.

Aquí estoy con la sentencia     

de ser el mismo de ayer

porque entre el retroceder     

y el valor de la partida

hay imanes en la vida     

que te obligan a volver.

 

En el escenario de una hermosa finca que hace milagros, honrando su nombre – La Milagrosa, Bejucal-, se enfrentan dos poetas: el que regresa, nacido en los valles de Pinar del Río, “calvicie prematura, fuerte complexión, sonrisa amplia, siempre intranquilo, vibrante”; el que espera, viene de un sereno valle entre los límites de Matanzas y La Habana, dispuesto, radiante, “sólo traicionado a veces por su rostro indefenso perdido en un mar de ilusiones poéticas y mirada indescifrable”. Todo será dicho a través de la décima.

 

        El día del agrio viaje                               

llevé el corazón abierto                            

menos mal que el aeropuerto                              

no revisó mi equipaje.                             

Solo miró mi pasaje                                       

hacia donde me escapaba                        

nadie mi rumbo indagaba                          

si me abren el corazón                             

no cabía en el avión                    

todo lo que me llevaba.

 

 En tus arterias volé

por tu sangre caminé

del cielo cada postigo.

tú andabas junto conmigo

En mi carne, en mi desvelo,

yo me fui con tu pañuelo

y me fui en la vena rota

del ala de la gaviota

en que levantaste el vuelo.

 

Para el que se queda, el tiempo suele ser más doloroso, las memorias y los lugares le pesan tanto que la nostalgia se apodera del espacio vacío. Un nuevo encuentro cierra la distancia que un día se abrió, pero siempre llevará implícito la penitencia de la partida. Ambos poetas poseen una realidad común, ambos son protagonistas de la paradoja de la vida, del cambio, dos aspectos de una misma realidad, como las dos orillas...

 

         Mira lo que son las cosas                                 

por donde el destino va                  

yo tengo el jardín allá                     

y aquí me cuidan las rosas.                      

Tengo allá las mariposas                          

ya las alas las perdí                                 

porque como que me fui                          

a convivir otra vida               

tengo el aire en la Florida      

y los pulmones aquí.   

¿Y qué distinta es mi vida

a la que se note en ti?

yo tengo oxigeno aquí

y un pulmón en la Florida.

¡Ay!, ¿quién me sana esta herida

a la que le echabas miel?

¿quién va a tomar tu papel

qué medico del progreso

me sanará con un beso

los dolores de la piel?

 

Lo efímero de estos versos improvisados recupera los habituales marcos de referencia y amparo. El que regresa recuerda: me acuerdo de cada amigo / que aplaudió mi trayectoria / menos mal que mi memoria / hizo este viaje conmigo.

El que espera sueña y hace poesía: (…) recuerdo que improvisabas / moviendo el cristal del cielo / que yo enamoraba el vuelo / de los ojos con guayabas. El antes y el después, el desgarramiento entre los afectos más entrañables y el andar físico del hombre.

 

 Los recuerdos sanan las heridas, pero a la misma vez puede ocurrir que el intercambio se convierta en un simple canje de soledades. El que regresa volverá a partir, el que espera sentirá el vacío, los dos quedarán otra vez atrapados en el tiempo.

 

Tú no sabes lo vacío     

que yo me quedé poeta

una página incompleta

en un cuaderno sombrío.

Cómo me pinchaba el frío

de tu ausencia congelada

cómo empiné la mirada     

en jimaguo papalote

sobre el salado mogote

de la marea encrespada.

 

Y es ahí donde quedaremos todos, empinando la mirada, en los crespos de una marea abismal que se llevará consigo el canto: otra vez presos del espiral de la historia. Pero para entonces, las palabras se habrán tornado un puente entre los que se fueron y los que nos quedamos. La décima improvisada, junto al laúd, el tres y la guitarra, nos acercará a un lugar donde se juntan todos, donde se canta y se sonríe, donde lo más autentico vuelve a encontrarse: la “fiesta guajira”, “el guateque”, la magia de la improvisación recuperará el instante y devolverá al poeta, a su tierra.

 
 

*…Si pierdo la memoria qué pureza… Pedro Gimferrer.                                                                              

 

 

Por: Patricia Tápanes Suárez.

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