La Fiesta Patronal de la Virgen de Regla

En cada pueblo, región y épocas, se conservan  y producen las más diversas costumbres que comportan sentimientos e ideas específicas vinculadas a los acontecimientos reales o figurados que se han reiterados por alcanzar cierta connotación; estas tradiciones forman parte de la cultura y pueden tener alcance local, nacional o internacional.

 

La religión es una forma de conciencia histórica que ha aportado a la cultura universal, hábitos, costumbres y tradiciones culturales. En Cuba las raíces del fenómeno religioso, se encuentran en las prácticas y representaciones ideales que se vinculan con nuestros dos principales troncos etno-culturales: España, que impuso su cultura y su religión católica en la época de la colonización, y África que aportó varios cultos como la santería, Regla Ocha, Palo Monte o Regla Conga y la Sociedad Secreta Abakuá.

 

Estas tradiciones adquieren frecuentemente una forma festiva, que pueden tener referente religioso, laico o históricos, y se conforman por una necesidad específica en cuanto a su razón de ser.

 

Entre las festividades religiosas más reconocidas están: el culto a San Lázaro, anciano llegado con muletas acompañado de perros; se celebra especialmente en el Santuario del Rincón el 17 de diciembre; el culto a la Virgen de la Caridad, asociado a la bahía de Nipe, lugar donde apareció su imagen en el Siglo XVII, celebrado el día 8 de septiembre; la Virgen de la Merced originada en Barcelona durante el medioevo, cuya imagen fue traída a Cuba y a la que se rinde devoción en un templo situado en La Habana Vieja; así como el culto a la Virgen de Regla, también el 8 de septiembre.

 

De esta última se dice que San Agustín el africano, Obispo de Niponia, que nació en Lagaste, África y vivió por los años 360 al 436, ordenó tallar la figura de la virgen con el color negro, de acuerdo a la tez de los africanos. Este fue un padre cultísimo, hasta considerarse uno de los más prolíferos en el campo de las letras.

 

El obispo había tenido una revelación: un ángel le había vaticinado que debía ser tallada en madera la esfinge que luego debía colocarse bien adornada en su oratorio, por ello lo que el padre hizo fue seguir al pie de la letra las instrucciones; utilizó la mejor madera de cedro que pudo encontrar.

 

Al parecer los siglos le han borrado el nombre puesto por San Agustín, lo que parece probable fuera el actual de la santa imagen.

 

Después del saqueo de Lagaste, el diácono llamado Cipriano, salvó a la virgen, pasando con esta por una tormenta a través del Estrecho de Gibraltar, el hecho se considera el primer milagro de la Virgen de Regla. La tradición se encargó de nombrar a la Virgen Patrona de los Marinos, como consecuencia de haber traído la embarcación salvada a pesar de la tempestad.

 

El tal Cipriano llegó luego a Cádiz, España, Villa de Chillona, donde está el santuario de la Virgen de esta villa y entregó su carga al prior del convento de Ermitaños de San Agustín, los árabes estuvieron varios siglos en esa parte de España y el prior no pudo jamás ver a la sagrada figura en su altar, murió y llevó a la tumba su secreto.

 

En el año 711, una invasión amenazó a la santa, debido a la presencia árabe en Andalucía, pero la esfinge había sido escondida hábilmente en un pozo cercano. En 1330, un canónigo del Convento de Santa María de Regla, la encontró durante un paseo que realizaba en compañía de unos labriegos; el encuentro se produjo porque el canónigo había soñado que una gran señora de rostro negro, le mandaba ir a orillas del mar gitano a rescatarla: “Debajo del árbol, en que reposas, está lo que afanosamente buscas” decía la revelación”.

 

El 27 de febrero de 1517 se hacía merced a Diego Miranda de las tierras en que hoy se levanta el Santuario de Regla. Antón Recio, uno de los primeros y más calificados vecinos de La Habana, fundó en ellas un ingenio que se llamó Guaicanamar, que al decir de José Manuel de la Torres, era “era uno de los primeros en tal escala, y movido por bueyes”.

 

Don Pedro Recio de Oquendo cedió el terreno para edificar una ermita a Nuestra Señora de Regla en esta ciudad… “el sitio más a propósito, era el de una parcela de tierra, frente de un cayo que ciñe al mar (…) doy licencia y permiso como dueño de dicha punta, sacando la licencia de dicha ermita, el 3 de marzo de 1687…”

 

La tormenta del 24 de octubre de 1692, destruyó totalmente la ermita de la Virgen de Regla. Juan Martín de Concedo llegó al santuario para dar gracias y lo encontró totalmente destrozado, concibió entonces la idea de levantarlo de nuevo, cada vez más sólido y fuerte. Mientras esto sucedía en Cuba, Don Joaquín Ponce de León, señor feudal de Chillona, había cedido su castillo como monasterio de culto a la imagen. De esta virgen solamente quedaron cabeza y tronco.

 

En 1590 toda la esfinge fue cubierta por una chapa gruesa de plata a modo de armadura, en que sólo la cabeza quedó descubierta. El año 1696 tiene una particular importancia en el culto a la virgen, pues fue a partir de ese año que el castellano Don Pedro de Aranda donó al santuario la escultura que había traído en su primer viaje a España.

 

Desde el momento en que la virgen tuvo su ermita en pie, se ramificó el espíritu público de su devoción, se convirtió esta en foco de piedad, y venían personas desde los más apartados lugares a rendirle homenaje. La devoción crecía más y más. En 1708 se agregó a la iglesia dos altares, por no dar abasto el que había para las misas.

 

En 1714 el Presbítero José López de Salazar, Administrador del Santuario, pidió a los regidores de la Habana que la virgen fuese jurada Patrona de la Bahía, y Puerto de la Habana. El 26 de diciembre de ese mismo año fue de gran fiesta en Regla. Se trasladaron a la localidad el Capitán General, el Obispo, el cuerpo de Regidores en pleno, el clero y numerosos fieles, y allí, delante de la bendita imagen, se le impuso la llave simbólica como Patrona y Gobernadora de la Habana.

 

Sin duda, fue una época de gran triunfo para el santuario, aunque nada existía en Regla: ni los almacenes, ni las murallas; todo estaba desierto en los terrenos de Guaicanamar donde hoy se levanta el ultramarino pueblo reglano, sólo algunos cuartos para hospedar a los devotos a continuación de la iglesia. La afluencia de público al santuario del pintoresco pueblo de Regla, hizo necesaria la presencia de personas que preparasen los alimentos de los peregrinos.

 

Acerca de los primeros pobladores de Regla, se sabe que en 1737, a Domingo Martín, natural de Guarachico, isla de Tenerife, al parecer muy nervioso, le fue dado el permiso de fabricación para construir una casa de ocho varas de largo cerca de la huerta del santuario para la bodega de las cazuelas, donde se almacenaba comida y carne para los romeros, enviada desde Guanabacoa.

 

Seferina, parda libre, tuerta, señora mayor de alrededor de setenta años, y natural de la Habana, pidió en 1737 la licencia  a los dueños del terreno para construir un bohío cerca del santuario, y vender cazuelas y carnes a los que venían de romería para su culto. Fue esta acción la que atrajo a un buen número de vendedores.

 

El ataque a la Habana por los ingleses trajo como consecuencia que el capellán trasladase la imagen de Nuestra Señora de Regla y sus alhajas a la Iglesia del Calvario, llevándolos personalmente en su cabalgadura. Dos días después, volvió a trasladarse al ingenio de Don Diego Marrero, en Managua. Allí estuvo doce días. Al decir Rafael Garrucho Ambrón, toda esta situación se debió a que “… Los ingleses ocuparon la iglesia con todas sus fuerzas”…

 

La Parroquia de Regla se creó en 1811, en septiembre. Se inauguró el día 8 de ese año, en esa fiesta predicó el presbítero Félix Varela. Gonzalo Herrera fue el padrino, aunque en 1818 se terminaron de construir la torre y el frontis, gracias a la obra del matemático Pedro Abad Villarreal, y el alarife Don Pedro Justiniani.

 

Es importante destacar que a la fachada de la iglesia, se le puso una ornamentación que todavía hoy puede verse. Posee estilo griego, consistentes en un tímpano y dos columnas. El 3 de marzo de 1812 se recibió la visita del Obispo Espada.

 

Queda así demostrado que alrededor del santuario se improvisó un pueblo que las veían negras confeccionado dulces y otros alimentos para expender a los que venían a la feria, se mataban animales como ofrendas, y se distribuían, todos participaban en la comunidad, el capellán hospedaba a los que podía, se ponían mesas para los devotos de Nuestra Señora de Regla, y en ella tomaban parte altas nobilidades de la ciudad, y los habitantes circunvecinos de la bahía.

 

En las fiestas de ayer, los devotos de la isla ofrecían sus tributos tales como; carneros, bueyes, chivos y vasijas de plata. Estos últimos se veían luego en la sacristía y el altar de la iglesia.

 

El pueblo de Regla rendía culto a la virgen durante ocho días, en los cuales se realizaban bailes, se tiraban fuegos artificiales, y venían a Regla cientos de personas que participaban en juegos de azar. Era habilitado el Salón del único teatro existente – el Paraíso – y el Palacio otrora de los Marqueses de la Real Proclamación, localizado en las calles Maceo y Ceulino.

 

El ceremonial era presidido por el Alcalde, los Tenientes-Regidores, y Regidores, el Comandante de la Plaza con las fuerzas del ejército, que abrían la marcha, después el Cura Párroco, con su séquito.

 

Le seguían los voluntarios, los bomberos del comercio, los bomberos municipales, y las banderas rojas. Todos marchaban al compás de la música de las bandas, a ambos lados de la comitiva le seguían los fieles.

 

El día 8 de septiembre era el rito cristiano, la forma tradicional de lucimiento, la Gran Fiesta de la Virgen de Regla, fiesta también de nuestra Patrona, la Caridad del Cobre.

 

La nación entera estaba aquí, representada en este pueblo bravo de Regla: hervía la bahía, hervía Casablanca, hervía Guanabacoa, hervía la Habana, pues una comunidad doliente, contenta, devota, sensual y cálida, confluía en las estrechas y empedradas calles de la bahía. Era un vibrar del alma popular cubana.

 

Era una forma de manifestarse el calor y el sabor de nuestro pueblo: el duro y bronceado músculo del hombre del muelle, la cinta de colores del viejo pajilla, el guano desflecado del viejo patriota, los espejuelos viejos del joven mimético, los pañuelos tanto rojos como blancos, como amarillos en el bolsillo, cuello o cabeza, la cabeza descubierta y las venas abultadas en sol ardiente y tenaz. 

 

Se destacaba la belleza de la mujer criolla, y las niñas y los niños, vestidos de blanco, con las velas encendidas tras la imagen de la virgen. Todos los colores y notas al unísono, todas las alegrías y las tristezas hechas fiesta.

 

La Villa de Regla se llenaba de bullicio, de feria, de colores, de romería y expansión de fiesta. La gente conversaba, bailaba alegremente, cantaba y gritaba, porque era el día en que la Patrona descendía de la bahía, a la orilla, y flotaba en este mar de tierra humana, para seguir luego hacia la vieja barca.

 

En la noche del ocho al nueve, se velaba y esperaba el momento de Yemayá, pues la Virgen de Regla y esta última, aparecían juntas y separadas en la fiesta del día ocho. El tiempo obró el milagro que aquellos para quienes era la Virgen de Regla sólo la virgen católica, vieran también algo de la diosa Yemayá, y viceversa.

 

Las imágenes llegaban al mar para el despojo final, se remansaban, se corría y se rompía en cantos, toque y baile, acompañando a las ofrendas rituales, la rotura del coco, frutas, aves. Después se reanudaba la procesión villa adentro. Pepa la Santera, la más anciana, se asomaba a la puerta apoyada en su muleta. A ella, correspondía, por su edad, sabiduría y virtud, ese primer tributo.

 

Las imágenes se detenían ante su puerta, luego seguían con la multitud, hacia otras puertas, templos humildes o casas-templos del pueblo. Finalmente se iba camino arriba, al cementerio, a saludar a los difuntos, a ejecutar el despojo. Ahí culminaba la fiesta, pues los tambores sagrados con las imágenes en los santuarios de los cabildos, se guardaban. Culminaba todo el proceso, y había que esperar una nueva fecha.

 

En 1946 la Virgen de Regla fue bajada a tierra, se renovó su patronato, y se le colocó la llave simbólica. Fue una Procesión tradicional, en homenaje a la virgencita prieta, profundamente arraigada en el fervor del pueblo cubano.

 

Se le dio una vuelta por las calles que rodean al Palacio de la Presidencia, fue detenida frente a la Jefatura de la Policía Nacional, y finalmente, llevada a la Catedral, para actos religiosos. Dueñas de las aguas, fue declarada Patrona de sus fiestas, por el Presbítero de Regla, Moisés Arrechea e Iturralde.

 

En esta Procesión, la santa estrenó un regio o manto y vestidos traídos de New York. Los ornamentos de plata, oro de 24 kilates y amatistas recuerdan jarrones y además ramos de flores. Pedro Piedrahita, experto en arte religioso, y el joven Miguel E. Jaime trabajaron 5 meses en la tarea de vestir a la virgen.

 

Así llevando a la Cabeza su propia corona, y sentada en su fastuoso trono de plata, La Virgen de Regla, recorrió la bahía, y pisó tierra firme de la ciudad  capital, ampliando su poderío religioso en San Cristóbal de La Habana.

 

El culto a la Virgen de Regla se extendió con el tiempo a toda la nación. Son miles de fieles los que todos los días van a postrarse ante la imagen venerada de la Madre de Dios. Desde las primeras horas de la mañana, hasta las diez de la noche, entre cuatro o cinco mil personas visitan el santuario, en muchos casos llevando agua bendita. En nuestros días, con un menor número de fieles, se mantiene el traslado de personas los días ocho de cada mes.

 

Por: Lic. Reinaldo Figueroa Cruz

 

 


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